photo inicio1_zps8e6b6370.png  photo resentildeas_zpsd25c424b.png  photo secciones_zps440c3ded.png  photo intercambio_zpsaf21f49d.png  photo puntuaciones_zpsa898cfa1.png  photo elblog_zps07b25cbd.png
Mostrando entradas con la etiqueta Relatos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Relatos. Mostrar todas las entradas

martes, 25 de enero de 2011

Las manos (Concurso: G.H.E.B)

El niño estaba sentado en el suelo, a varios centímetros de la tele. Tenía el cuello inclinado hacia arriba, y tenía el rostro iluminado levemente por la luz que emitía la pantalla. A fuera llovía a mares, pero al menos podía distraerse con el televisor. Su abuelo había estado toda la tarde junto a él, pero no le había prestado demasiada atención. Se había limitado a leer aquel libro grueso que figuraba entre sus manos.
Daniel cambió de canal numerosas veces, harto de hacer lo mismo. En la siguiente emisora había una mujer, vestida con unas ropas un tanto extravagantes, llena de purpurina y colores llamativos. Junto a ella, había un hombre mucho más joven, con pinta de lunático. Ella le sostenía la mano y le contaba su futuro a través de los surcos de las manos. Daniel frunció el seño e intentó comprender cómo la vidente era capaz de hacer tal cosa.
Aunque alguien interrumpió sus deducciones, apagando el televisor.
- Ya está bien, Daniel. –dijo su abuelo desde su mecedora- llevas toda la tarde viendo la tele. Si sigues así, se te quedará la cabeza cuadrada.
Daniel se levantó enfurruñado y se sentó en el sofá. Odiaba que le dijeran esas cosas. El era consciente de que por mucho que viera la tele la cabeza jamás se le quedaría cuadrada.
- ¿Es posible eso de las manos, abuelo? – preguntó, recordando el programa que había visto hacía dos minutos. El anciano levanto la vista de la lectura. Vio a su nieto con ese brillo de curiosidad en la mirada y supo que nuevamente, debería eliminar sus dudas. Así que cerró el libro y miró directamente a los ojos del chico.
- Pues claro que no, Daniel. – respondió al mismo tiempo que sentaba a su nieto en su regazo- Eso sólo son tonterías.
El pequeño pareció decepcionado.
- En nuestras manos no se puede leer el futuro, pero sí nuestro pasado y nuestro presente. –Daniel miró sus manos, pequeñas llenas de manchas, blancas y con dedos finos y delgados.
- ¿Qué te dicen mis manos? –le cuestionó el pequeño al anciano, mientras le acercaba sus manitas a la cara.
El viejo sonrió ante la reacción del niño.
- Me dicen que eres joven. A penas un crío. – siguió observándolas con detenimiento- me dicen que eres muy inquieto, que no paras de moverlas. –él reía mientras le escuchaba- También me cuentan que has estado usando los rotuladores y que después no las has lavado.
- ¿Y tus manos que dicen?
El hombre alzó las suyas para poder verlas correctamente. Las giró un par de veces, contemplando la palma de sus manos. Éstas estaban llenas de arrugas y eran más ásperas de la cuenta.
- Vejez. Dicen que estoy anciano, mayor. Cuentan todo el trabajo a la que han estado sometidas. Muestran la sabiduría que me ha enseñado la vida. – se quedó melancólico, pensativo. Finalmente, continuó hablando:- Pero con las manos también podemos expresar nuestros sentimientos, cuando estamos enfadados, por ejemplo las apretamos fuertemente. Sin embargo, cuando estamos felices y contentos podemos aplaudir.
Daniel miró las manos de su abuelo. Ancianas y estropeadas, como él había dicho. Pensó durante un momento en todo lo que le había contado y sacó una deducción de todo ello.
- ¿Sabes lo que me dicen tus manos, abuelo? – él negó y esperó la respuesta. Tras unos instantes el niño contestó- Transmiten amor, mucho amor.
Al anciano se le encogió el corazón durante unos segundos y miró a Daniel con una amplia sonrisa llena de amargura. Después le abrazó intensamente, rodeándolo con sus manos, mostrando una vez más el amor que sentía hacia su nieto.

miércoles, 19 de enero de 2011

(Concurso: GHEB) Poder: el Fuego

Te acercas anonado, enamorado de sus llamas y de sus sutiles y ágiles movimientos. Te aproximas, con una mezcla de temor y curiosidad. El fuego se balancea de un lado a otro de una manera encantadora. Cada vez su movimiento te parece más atractivo y elegante, creando en ti una curiosidad aún mayor, que es la que te hace avanzar hacia él aún más.
Le miras, siguiendo sus desplazamientos de un lado a otro. Parece que te llama, que susurra tu nombre. Te incita a que te sientes a tu vera y que calientes tu cuerpo con sus llamas.
Lo ha conseguido, ahora estás sentado junto él. Todo te parece magnífico durante esos instantes. Te recorre por el cuerpo una sensación agradable y acogedora que te hace sentir bien. Piensas que todo ello se debe a su presencia, a su magia inexplicable, al poder que posee el fuego.
Pero es esa hermosura la que te atrae más y más. Es esa la hermosura la que te ciega y la que hace que no puedas percatarte del peligro que corres. Hipnotizado, tus manos se deslizan cerca de sus llamas. Sientes más calor, un calor mucho más agudo. Un calor que te incita a seguir aproximándote. Sigues atontado con su belleza, pero no reaccionas. Sin embargo continúas con lo mismo. Todo es como un juego. Sus movimientos son un baile para atraerte, pero cuando vas a tocarle con la mano, vuelve a alejarse y todo comienza de nuevo.
Tus ojos están rojos y rodeados por sombras oscuras. Todo se tambalea a tu alrededor y no puedes despegar la mirada de él. Puedes irte y dejarle ahí. Pero sabes que si te alejas de él, una sensación de soledad te inundará y no volverá a marcharse. Por eso reúnes todo el valor que tienes y le tocas. Esta vez tu movimiento es certero y preciso, ya que no fallas. En ese instante, todo cambia en cuestión de un segundo. Te retuerces de dolor. Notas como la gran temperatura abrasa tu piel, quemándote. Notas punzadas, como tu interior se consume poco a poco. En ese instante, es en el que te das cuenta, que todo era una trampa.
Porque el fuego es muy hermoso, pero a la vez también muy peligroso.